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My blueberry nights

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Qué os voy a contar de Wong Kar Wai que no sepa yo ya. Que se cuenta entre los mejores directores de cine asiático; que su perfeccionismo impregna cada uno de los fotogramas de sus películas; que pone en lo que hace el cariño de todo lo que quiere; que habla como nadie del desamor, o del no-amor; que junto con Christopher Doyle forma un tándem que Dios nos conserve muchos años; que es el referente de Tarantino, Almodóvar o Isabel Coixet; que no se desprende nunca de sus pequeñas gafas de sol cuadradas… Y que, con el posillo de sabidurida oriental que da el hecho de haber visto todas sus películas, a excepción de “Ashes of time”, puedo afirmar y afirmo que “My blueberry nights” me ha dejado un sabor de boca que, de puro chino, casi se torna agridulce.

En “My blueberry nights”, su primera película con actores occidentales (“Happy together” no cuenta: aparecían argentinos, pero Tony Leung y Leslie Cheung eran tan orientales como sus apellidos), se aprecia un ligero decrecendo en el ritmo y, por qué no, un empañamiento en el resultado final. Desde los tremendos primeros minutos, con Jude Law y Norah Jones rodados en interior (con su famosa cámara espía que se sitúa siempre desde ángulos que convierten al espectador más en cómplice mudo que en mero asistente), vamos cayendo suavemente por una pendiente que remonta de vez en cuando a modo de montaña rusa infantil, sin grandes sobresaltos, muy al modo oriental.

No es la deyección que muchos han creído ver en ella, pero dista de la categoría cinematográfica de producciones como las que forman su famosa trilogía apócrifa o falseada (“Days of being wild”, “In the mood for love” y “2046″). No mucho, pero dista. Quizá sea que a Norah Jones, el eje (o la eja, por si las Aídos), le falta el carisma que derrochan sus otras musas, con Maggie Cheung o Gong Li a la cabeza. O que Natalie Portman evoque vagamente a Sharon Stone en plena road movie, además de haber acabado resultándome casi antipática. O que no suenen boleros. No sé. Con un añadido curioso: por momentos, parece que el maestro se convierte en discípulo y algunos fotogramas son casi casi sacados de las primeras películas de la Coixet (hay una conversación entre Jude Law y Cat Power que recuerda muy muchísimo a “Cosas que nunca te dije”).

En cualquier caso, una película que merece la pena ver. Una película con humo, lágrimas, dolor y bocados de realidad, de más desamores que amores, bajo cuyo aparente letargo rítmico sigue fluyendo el genio de Wong Kar Wai, al que amé, amo y seguiré amando mientras no se convierta al norteamericanismo y ruede la tercera película sobre Hulk.

Vale.

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